lunes, 9 de diciembre de 2013

'Los muertos vivientes' (2003) de Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard

¿Cuántas horas al día pasas viendo la televisión?
¿Cuándo fue la última vez que cualquiera de nosotros DE VERDAD hizo algo para conseguir lo que quería?
¿Cuánto tiempo ha pasado desde que cualquiera de nosotros NECESITÓ algo de lo que QUERÍA?
El mundo que conocíamos ya no existe.
El mundo del comercio y las necesidades superfluas ha sido reemplazado por un mundo de supervivencia y responsabilidad.
Una epidemia de proporciones apocalípticas ha barrido la Tierra haciendo que los muertos se levanten y se alimenten de los vivos.
En cuestión de meses la sociedad se ha desmoronado,
sin gobierno,
sin supermercados,
sin correo,
sin televisión por cable.
En un mundo gobernado por los muertos, por fin nos vemos obligados a empezar a vivir
.

The walking dead (titulo original de la colección norteamericana) es sin ningún género de duda la mejor serie actual en curso, pero no solo de esta década, sino también de buena parte la anterior, cuando inició su andadura. Sí, amiguetes, esta semana estamos ante otra de esas afirmaciones lapidarias propias (y van…) que suelo soltar.

 Creo que poca gente no estará al corriente de la historia que se desarrolla en las páginas de este excepcional cómic o en su homólogo televisivo, pero no está de más recordar que la trama se centra en el policía Rick Grimes y el devenir de su familia y de un puñado de supervivientes en un mundo que de la noche a la mañana aparece infectado de un virus que transforma al 99% de la población en zombis caníbales susceptibles de montarse un aperitivo con tus tripas sin necesidad de haber fenecido previamente. Lo que tal vez pocos sepan es que su creador, Robert Kirkman (EE.UU, 1978), engañó miserablemente a la editorial cuando presentó el proyecto, haciéndoles creer que a  lo largo de la serie se descubriría que la epidemia venía causada por un ataque alienígena del espacio exterior con fines a conquistar la Tierra y blablablabla…La trola hizo su efecto entre los responsables de dar luz verde al proyecto, y para cuando quisieron darse cuenta, el fenómeno era tan imparable que no podían vetar el propósito original de Kirkman, que no era otro que el de desarrollar una serie coral, un culebrón de continuidad indeterminada donde los actores protagonistas son los supervivientes humanos y el modo en el que interactúan entre ellos.

Los zombis, aunque importantes, son una mera excusa para enganchar al público a la historia, un difuso paisaje de fondo que por increíble que parezca solo aparece muy de tarde en tarde en los tebeos, llegando a publicarse varios de ellos sin que aparezcan por ninguna parte. Son una amenaza latente eso sí, pero una auténtica minucia si los comparamos con las atrocidades que deben cometer los protagonistas para asegurase su propia supervivencia; porque de eso es precisamente de lo que trata Los Muertos Vivientes, de supervivencia en su grado más extremo. Tal es la dureza de la historia que no pocas veces me he quedado clavado durante la lectura soltando un sonoro “¡hostias!” ante un pasaje concreto o una situación delicada; como cuando para impedir que arrastre con ella a su hijo Carl hacia una horda de zombis hambrientos, Rick tiene que cortar de dos hachazos la mano del rollete de una noche que suplica auxilio al ex policía para no ser devorada junto a su propio hijo…brutal.

El apartado gráfico del cómic también tiene su miga, y la polémica respecto al dibujante más adecuado para encargarse de la historia oscila entre los defensores acérrimos (entre los cuales me incluyo) del creador original de la saga, el  perfeccionista hasta el extremo, pero desafortunadamente también lento de cojones Tony Moore (EE.UU, 1978), motivo por el que Kirkman le despidió de la colección; y el eficiente pero más sucio Charlie Adlard (Reino Unido, 1966) quien es actualmente el dibujante titular de la serie apoyado por Cliff Rathburn, encargado de “colorear” sus lápices con una más que interesante gama de grises. No es que Adlard lo haga mal, hay que decir en su descargo que sus páginas de diálogos entre personajes, sin acción pura y dura, son toda una delicia, y que sus zombis son lo suficientemente asquerosos, que de eso se trata; lo que pasa es que el primer y único arco argumental de Moore es tan condenadamente bueno que venimos baremando el trabajo actual según el rasero establecido por el anterior hace ya diez años. Y claro, si a uno le dan caviar para desayunar y después le sirven mortadela en el almuerzo, pues pasa lo que pasa, que por mucho que nos guste la mortadela, nos gustaba más lo otro, que seremos frikis, pero no tontos.

Estoy convencido de que a estas alturas quien más quien menos también habrá visto algún capitulo de la exitosa serie de televisión basada en el formato original en viñetas. Hay que reconocer que no está nada mal, especialmente la primera temporada dirigida por el mismísimo Frank Darabont (Cadena Perpetua. La milla verde), un fan incondicional de los zombis y en particular de la espeluznante versión sesentera ideada por George A. Romero en la peli de culto La noche de los muertos vivientes. Tampoco es menos cierto que capítulo a capítulo y temporada tras temporada a trama se va alejando cada vez más de la historia narrada en los cómics, con personajes que aparecen o desaparecen aleatoriamente de la trama (algunos de ellos ni siquiera se han dejado caer por ella todavía), situaciones novedosas no explicadas con anterioridad o saltos indiscriminados en el espacio-tiempo argumental que nos descolocan un poco a los fieles seguidores del tebeo.

Tanto da, aún así la calidad media de la serie sigue siendo muy elevada, y parte fundamental de ello es que el propio Kirkman sea uno de los guionistas de peso de la misma. Es más, según sus propias declaraciones, utiliza los textos televisivos para dar salida a ideas descartadas en su momento, dando voz a personajes que tal vez desaparecieron prematuramente y aun tenían más cosas por decir. Es como una segunda oportunidad que le permite explorar los vericuetos y consecuencias de decisiones que en su día no plasmó en la colección regular. Aún así, las líneas maestras de la trama televisiva siguen siendo fácilmente reconocibles en los cómics, y viceversa, teniendo mucho cuidado, eso sí, de no cambiar la idiosincrasia de los personajes protagonistas sobre los cuales recae la responsabilidad, tanto en un formato como en otro, de cargar con el peso de la historia.

En ese aspecto ha sido muy meritoria la labor de los directores de casting a la hora de seleccionar actores para los papeles, por poner solo unos ejemplos, de Carl (el hijo de Rick Grimes); el recientemente desaparecido Glenn (¡toma spoiler!) el asiático conseguidor de lo que sea necesario; y por encima del resto, de la espectacular espadachina afroamericana Michonne, la incorporación reciente al formato televisivo más celebrada por parte del fandom por su fidelidad al personaje original…aunque también hay que decir que otros personajes como Andrea o el Gobernador no han salido tan bien parados respecto a sus homólogos en papel.

Por ponerle una única pega al cómic, criticaría el formato escogido en nuestro país para la publicación de la saga original norteamericana de candencia mensual, que a estas alturas ya ha sobrepasado ampliamente las cien entregas. No se por qué, aquí nos vemos obligados a esperar volúmenes semestrales que engloban un arco argumental completo. Resulta absurdo; más si tenemos en cuenta que estamos ante un tebeo que vende millones de ejemplares en todo el mundo y centenares de miles en nuestro suelo patrio, lo que haría rentable a todas luces una publicación al mismo ritmo que la original. Los escuetos tomos de seis números cada medio año nos saben a poquísimo, y para aquellos que quieran hacerse con la saga al completo desde un principio ya existen multitud de recopilatorios mucho más extensos.

Sea como fuere, Los muertos vivientes es una serie que goza de muy buena salud, tanto en televisión como en cómic, y afortunadamente no tiene visos de decaer a corto plazo para disfrute de nos, los frikis.

Lluís Ferrer Ferrer

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