domingo, 2 de marzo de 2014

'Watchmen' (1986) De Alan Moore y Dave Gibbons

Estamos en 1985, inmersos de lleno en plena guerra fría. El reloj ficticio en el que las 12 de la medianoche marcan el holocausto nuclear se sitúa en la antesala del desastre, a sólo cinco minutos, y contando, del inevitable desenlace. Es entonces cuando una mente privilegiada ejecuta un plan maestro que ocasionará la muerte a docenas de millones de personas en vistas a un bien mayor, el de salvar a miles de millones otorgando un enemigo común e inesperado a Estados Unidos y la Unión Soviética, que zanjarán sus diferencias para hacer frente a la amenaza creada artificialmente mediante el engaño con un único propósito, el de que ambas superpotencias se alíen dando lugar así a un prolongado periodo de paz.

Este sería a grosso modo el argumento del mejor cómic jamás publicado de todos los tiempos; pero es mucho, muchísimo más, lo que discurre en las páginas de Watchmen ante la atónita mirada del lector.

Creada originalmente como una maxiserie limitada de doce números, la obra magna de Alan Moore (Reino Unido, 1953) pronto toma cuerpo de novela gráfica en cuyos inicios se nos explica la historia de los Minutemen, superhéroes primigenios sin poderes que aparecieron a finales de los años treinta vestidos de forma llamativa para luchar contra el crimen de forma más o menos interesada. Años más tarde se intentaría refundar el grupo con un nuevo relevo generacional, y algunos de los héroes pasarían a trabajar directamente bajo las ordenes del gobierno encabezado por un Richard Nixon que enlazaría un mandato consecutivo tras otro (en 1973 aparecieron dos periodistas apellidados Bernstein y Woodward muertos en un garaje, pero el asunto no pasó a mayores), resultando ser muy útiles a la hora de dar la victoria a los Estados Unidos en conflictos armados como la guerra de Vietnam. Pero una ley promulgada en 1977 frena en seco la actividad de los justicieros, prohibiéndoles ejercer como tal en una sociedad que se pregunta quién vigila a sus vigilantes (quis custodiet ipsos custodes?) y que cada vez desconfía más de ellos a consecuencia de los abusos de autoridad y desmanes cometidos por varios de sus componentes. Abocados a la clandestinidad, los protagonistas no tienen más remedio que revelar públicamente su identidad secreta y cesar en sus actividades…hasta que uno de ellos aparece asesinado y algunos de sus ex-compañeros reverdecen laureles intentando dar con el culpable.

La propuesta inicial presentada a D.C Comics por Moore y el dibujante Dave Gibbons (Reino Unido, 1949) tras el encargo el encargo inicial de la compañía fue rechazada por el entonces editor en jefe Dick Giordano por considerarla demasiado radical. Los autores desarrollaban la historia con los personajes de la editorial Charlton Comics, absorbida en su momento por D.C, pero el tratamiento dado a los mismos imposibilitaba su utilización en el futuro por parte de la compañía, con lo que Giordano replanteó su encargo al equipo creativo, conminándoles a que utilizaran personajes originales de creación propia. El resultado final dio lugar a una meticulosa deconstrucción y consiguiente reconstrucción posmodernista de los superhéroes en la que son inmisericordemente destronados de su posición de privilegio para pasar a convertirse en diana de todas las críticas por sus actitudes moralmente volubles, políticamente sospechosas, mentalmente perturbadas o sexualmente incompetentes, siendo expuestas en toda su crudeza las debilidades de todos y cada uno de ellos.

El tratamiento dado por el autor a sus personajes derivó en una nueva corriente y forma de crear y entender los cómics de superhéroes por parte de todas las compañías del género habidas y por haber, tal fue su enorme influencia, y desde ese momento todas sus franquicias superheróicas se embarcarían con mayor o menor fortuna en toda suerte de aventuras más oscuras, cínicas y carentes de la habitual jovialidad y desenfado de sus protagonistas embuchados en coloridos uniformes.

 Moore da muestras de su enorme talento como escritor consiguiendo que empaticemos con personajes de marcado carácter ultraconservador como el indigente Rorschach, mi preferido aun a pesar de estar zumbao como una chota, único superhéroe en activo a pesar de la prohibición cuya habilidad consiste en utilizar como arma cualquier cosa que tenga a su alcance. Sobre él recae la responsabilidad de desenmarañar el principal hilo conductor de la trama basado en la investigación del asesinato de El Comediante, mercenario fascista donde se precie y único militante de las dos formaciones de los Minutemen que siempre trabajó auspiciado por los gobiernos más reaccionarios de su país, ya fuera asesinado a sangre fría a elementos subversivos de gran calado o derrocando gobiernos democráticos en el extranjero para implantar otros más afines a los intereses del imperio. Rorschach consigue convencer a los retirados Espectro de Seda, hija de una de las componentes de la formación original, y al segundo Búho Nocturno, un personaje insulso y pusilánime que solo vive para recordar tiempos pasados, para que vuelvan a la acción ayudándole en su investigación para dar con el asesino del Comediante y conocer sus motivaciones.

Por otra parte tenemos a Ozymandias, el hombre más pagado de si mismo pero también el más inteligente del mundo, que tras la prohibición diversificó sus negocios hasta convertirse en la persona más rica del planeta. Y por último, el Dr. Manhattan, el único con superpoderes reales adquiridos tras un desastroso accidente atómico. Su endiosamiento progresivo y la habilidad para viajar en el espacio y en el tiempo le hacen perder todo interés por la raza humana y su inevitable destino, al menos hasta que una afortunada e improbable coincidencia de proporciones infinitesimales relacionada con su ex-pareja, Espectro de Seda, le hacen tomar cartas en el asunto, convirtiéndose con sus continuos saltos temporales al futuro y al pasado trufados de repeticiones recurrentes en el segundo narrador de la historia junto a Rorschach.

Y por si fuera poco, Moore añade al ya de por sí complejo entramado narrativo un cómic de piratas (!) completamente independiente que bajo el título de Los relatos del navío negro es leído por uno de los personajes secundarios, yuxtaponiéndose a la narración original; un memorable ejercicio de metaficción posmodernista que convierte a Watchmen en una obra seria e intrincada que consiguió colarse en el listado de la revista Time elaborado en 2005 como una de las 100 mejores novelas publicadas desde 1923 hasta hoy, la única de ellas en formato gráfico y la primera en hacerse también acreedora en 1988 de un Premio Hugo destinado originalmente a la literatura de ciencia ficción convencional, así como multitud de galardones específicos del género como los Eisner, Kirby o Harvey.

La aportación del dibujante Dave Gibbons está supeditada a la grandiosidad del guión original. Watchmen no es un cómic apropiado para experimentar con florituras visuales que solo entorpecerían el ritmo narrativo generando confusión al lector. Gibbons lo comprende desde el primer instante, y estructura sus páginas en un férreo formato de nueve viñetas de idéntico tamaño, trastocado excepcionalmente en unas pocas secuencias de acción. La opción pudiera parecer anodina, pero se revela como la más apropiada para el correcto seguimiento de la compleja historia de Moore. Dicen que los mejores porteros de fútbol son aquellos que pasan completamente desapercibidos y mantienen su portería a cero; este símil aplicable al dibujante también se hace extensible al colorista John Higgins, que abundando en la propuesta de Gibbons aporta una sencilla paleta de colores planos y efectivos, sin estridencias que desvíen la atención de lo que realmente importa.

En lo referente a su adaptación cinematográfica, Watchmen es la excepción que confirma la regla. Todos los trabajos anteriores de Moore llevados a la gran pantalla son una soberana mierda (sí amiguitos, V de Vendetta incluida) que no hacen en absoluto justicia a las creaciones del estrafalario escritor británico, y como el gato escaldado al agua teme desistió tiempo atrás de aparecer ni por asomo en ningún título de crédito. Pero algo cambió con Watchmen. La enorme repercusión e influencia de la novela gráfica hicieron que el director se tomara muy en serio su trabajo so pena de ser corrido a gorrazos por una desbocada horda de fans de los vigilantes. Zack Snyder tampoco apostó por las virguerías y se limitó a reclutar un elenco de buenos actores físicamente clónicos a sus homónimos en papel y a reproducir prácticamente fotograma a fotograma las viñetas del cómic, el mejor storyboard del que podía disponer.

Aun así debe tenerse en cuenta que la extensión de la historia hace imposible reproducir en el metraje todas y cada una de las magníficas subtramas argumentales expuestas como puedan ser la del psiquiatra de Rorschach, la del quiosquero y el lector de cómics de su puesto, o los mencionados Relatos del navío negro leídos por este último que discurren paralelos al cauce central. En cambio, Snyder se las arregla para desarrollar la farragosa historia de la primera formación de los Minutemen en unos maravillosos títulos de crédito iniciales, los mejores que yo haya visto jamás en una película. Bajo los acordes de The Times They Are a-changing de Bob Dylan, el director explica en pocos minutos el ascenso y caída en desgracia de los superhéroes primigenios en una secuencia plagada de referentes culturales norteamericanos del siglo XX, incluyendo su propia versión del tiroteo a Kennedy por el consabido segundo tirador apostado tras la valla en una escena que pone los pelos de punta.

La calidad de la materia prima inicial hizo posible el resto, y la película es muy respetuosa en todo momento con los diálogos originales, sin desvaríos ni experimentos forzados que empañen la historia, consiguiendo de este modo el que yo tengo considerado como mejor largometraje que adapta un guión de cómic. La aseveración es arriesgada, pero oye, recordad lo que digo siempre de las opiniones y los culos…

El trabajo más relevante hasta la fecha (con permiso de From Hell) de Alan Moore, el mejor escritor de la historia del cómic, es un soberbio y lúcido ejercicio de ficción distópica, consecuente y coherente con el distorsionado marco histórico creado ex profeso para la ocasión, pero que tiene un poso de realidad sociocultural y política fácilmente reconocible por todos. Y todo protagonizado por unos tipos enfundados en mallas de colores. Una genialidad absoluta se mire por donde se mire.

Lluís Ferrer Ferrer

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