viernes, 19 de junio de 2015

'The Yellow Kid' (1894) De Richard Felton Outcault

EL FALSO ORIGEN DE LOS CÓMICS

Puede que el salto temporal resulte muy aparatoso y que nadie pudiera imaginar que en pleno siglo XIX ya existieran cómics tal y como los conocemos hoy en día. Pues oye, resulta que sí, pero por mucho que los especialistas americanos de la materia quieran atribuirle al “chico amarillo” ser el primero de todos ellos, sencillamente, se equivocan de pe a pa, y lo que es peor, a sabiendas. Tanto la británica Ally Sloper (1867), los alemanes Max y Moritz (1865), la francesa Historia de la Santa Rusia del mismísimo Gustave Doré (1854) o la que realmente podría discutirle el título a la creación de Outcault, Los amores del señor Vieux Bois (1837) del suizo Rodolphe Töpffer, son creaciones muy anteriores como demuestra la obviedad de sus respectivas fechas de publicación. Lo que se intentó con The Yellow Kid fue encontrar una fecha de consenso entre autores, aficionados y teóricos del género en la que poder ampararse.


Ese punto de partida ficticio que no generó sino polémica y división entre el fandom fue la tira de cinco dibujos secuenciales publicada el 25 de octubre de 1896 bajo el título The Yellow Kid and is New Phonograph. En ella aparecen por vez primera los bocadillos de texto (y eso sí que es un hecho irrefutable) un recurso nunca visto ni utilizado hasta la época y el asidero al que se agarran cual clavo ardiendo todos los defensores de la polémica teoría. La innovación no tuvo continuidad inmediata y en las semanas siguientes los textos siguieron apareciendo, ya fuera a modo de slogan en el camisón del propio Yellow Kid o en el margen inferior de las viñetas, tal y como había sucedido hasta la fecha en todo tipo de publicaciones anteriores como las descritas al encabezamiento de la reseña. El fortuito descubrimiento de incluir el texto en globos que parecían salir directamente de la boca de los protagonistas terminó por imponerse (que os voy a contar que no sepáis), con lo que si bien es cierto que esa fecha fue determinante para el medio no lo es, según mi propio y absurdo criterio, porque “naciera” el primer cómic, sino porque lo hizo su industria tal y como la conocemos hoy en día. Esta teoría viene avalada por todas las peripecias que rodearon a la publicación del trabajo Richard Felton Outcault (EE.UU, 1863-1928) ilustrador editorial que contaba en su currículo haber sido dibujante técnico del insigne Thomas Edison en persona.

El chico mondo lirondo de aspecto asiático vio la luz por vez primera en la revista Truth en 1894, aunque por aquel entonces no pasaba de ser un personaje secundario en una macroviñeta publicada a blanco y negro. Fue en febrero de 1895, a raíz de su mudanza al periódico New York World de Joseph Pulitzer (sí, “ese” Pulitzer) bajo el título de Down Hogan’s Alley cuando el personaje empezó a ganar popularidad. Al año siguiente y tras superar no pocas dificultades técnicas para la reproducción de ese color, el camisón de nuestro protagonista adquiere su característico color amarillo chillón en el que cada vez aparecía un nuevo e hiriente mensaje escrito en la jerga callejera propia de su barriada. 1896 fue otro año clave para el personaje y su autor, ya que su marcha al New York Journal del magnate William Randoph Hearst, esta vez adaptando el relato Mc Fadden’s Row of Flats de E.W. Townsend con su creación más importante como protagonista, dio lugar al primer conflicto judicial por la propiedad intelectual de un cómic.

Finalmente los tribunales toman la salomónica y sensata decisión de otorgar el mérito de la creación artística a su autor, quién podrá seguir dibujando al personaje en el Journal de Hearst con el título de The Yellow Kid, acepción definitiva que ha llegado hasta nuestros días, mientras que al periódico de Pulitzer se le permitía seguir sacando material nuevo por cuenta de otro dibujante, George Luks, utilizando el título original de la serie, lo que dio lugar a una situación cuando poco curiosa, ya que ambos publicaban a la par historias de un mismo personaje muy parecidas en cuanto a concepción y estilo. Por increíble que parezca, esta incómoda cohabitación dio lugar a un término sobradamente conocido por todos nosotros, ya que la peyorativa acepción de “prensa amarilla” tiene su origen, ni mas ni menos, en el periodo histórico en que el polémico chico amarillo compartiera cartelera en ambos diarios de marcado carácter sensacionalista al mismo tiempo y con diferentes autores. Una situación nunca vista hasta la fecha que refleja a la perfección el enorme tirón mediático de un personaje que ambos directores querían como reclamo para atraer lectores a sus respectivas publicaciones.

A pesar de la espléndida evolución del trabajo de Outcault a lo largo de 1897 en el que además de la consolidación de los globos de texto como hilo conductor aparecían también elementos tan innovadores como la utilización de líneas cinéticas para dar la sensación de movimiento, o las populares “estrellas” que ven los personajes alrededor de su cabeza tras llevarse el consabido porrazo de turno, todo el devenir en torno a los derechos de The Yellow Kid hicieron mella en él, ya que a pesar de ser reconocido como padre de la criatura en primera instancia no poseía el control de su creación al 100%. Outcault empezó a perder estimación por su propio personaje al mismo tiempo que perdía popularidad entre sus lectores, os lo creáis o no, porque en pleno conflicto bélico con nuestro país, el que habría de finalizar con la pérdida de Cuba y Filipinas, los americanitos de a pie relacionaban el color amarillo del protagonista con la bandera española (!?). En 1898, año de la finalización del conflicto armado, acababa también la breve y azarosa publicación del chico amarillo (ambas versiones), sin duda uno de los cómics más influyentes de todos los tiempos que marcó un antes y un después en la historia del género. ¿Que si tuvo la suficiente repercusión para ser considerado el primer cómic así, a secas, como tal? Desde mi punto de vista, rotundamente no, pero eso no resta mérito en modo alguno a esta soberbia creación del autor norteamericano cuyo trabajo puede verse recopilado al completo en R.F Outcault’s The Yellow Kid: A Centennial Celebration of the Kid Who Started the Comics, publicado por Bill Blackbeard en 1995. Un justo homenaje al chico y al autor con el que tal vez no “empezaran” los comics, tal y como se afirma en el pomposo título, pero que al menos sí los moldeó por vez primera del mismo modo en que los conocemos hoy en día, eso es un hecho innegable a todas luces y como tal hay que reconocérselo.

Lluís Ferrer Ferrer ®

No hay comentarios:

Publicar un comentario