viernes, 8 de abril de 2016

'Camino a la perdición' (1998) De Max Allan Collins y Richard Piers Rayner

NINGUNA REDENCIÓN POSIBLE

Bienvenidos a la reseña del cómic que a pesar de contar con Tom Hanks en su papel protagonista ha dado lugar a la mejor película basada en un tebeo (no superheróico) jamás rodada. De hecho, el notable éxito del film fue lo que dio el impulso necesario a la publicación de Road to Perdition o Camino a la perdición en la como siempre desafortunada traducción al castellano de este bendito país. Fue tal la repercusión de la peli de Sam Mendes, especialmente en los EE.UU, con un decadente Paul Newman en el papel de John Looney que le haría acreedor de su última nominación a los Oscar como mejor actor de reparto (finalmente la cinta se alzaría con el de Mejor Fotografía del total de seis a los que estaba nominada) que incluso el autor de la obra en la que se inspira y escritor habitual de novela negra de usar y tirar, Max Allan Collins (EE.UU, 1948), declaró sin rubor alguno que a su modo de ver la cinta era incluso mejor que la novela gráfica (¡!), una aseveración que por mucho que me guste la peli, y me gusta, no comparto en absoluto aún a pesar de llevarle la contraria al propio autor, porque ¿quién va a saber más del asunto?, ¿él, como padre de la criatura, o yo, como máster del universo de todas las reseñas comiqueras habidas y por haber?…pues eso.

Os diré la razón fundamental que desacredita a Max: el dibujo del artista británico Richard Piers Rayner, quien tras una ardua labor de documentación trabajó durante cuatro largos años para recrear esta maravilla hiperrealista con retratos perfectos de todos los personajes históricos que se convierten en protagonistas del cómic. Al Capone, su lugarteniente Frank Nitti, Elliot Ness y sus intocables, o los propios villanos principales de la historia, el señor irlandés del crimen John Looney y su desequilibrado hijo Connor… todos ellos se desenvuelven con la más absoluta naturalidad en los elaborados decorados de época del dibujante que desarrolla su perfeccionismo hasta límites de lo insospechado a la hora de plasmar ciudades, calles, armas, vehículos, paisajes, edificios o figurantes de una acción endiablada (en este caso por cortesía de Allan Collins) a la que el blanco y negro utilizado le da ese toque noir de película de género imprescindible en una obra de esta temática. Puede que el meritorio guión original del escritor fuera un golpe de suerte, pero a ese golpe de suerte se le unió el laborioso trabajo de su dibujante, un derroche de talento que conforma entre ambos ese tipo de creación artística que como ya he comentado con anterioridad por aquí mismo tanto me gusta en todas sus vertientes, aquella en la que el resultado final es muy superior a la suma de sus partes.

Hay que decir que, tal y como ha reconocido el propio Max Allan Collins, encontró la senda del camino a la perdición previamente allanada por el manga japonés de culto El lobo solitario y su cachorro, la influyente obra del escritor Kazuo Koike y el artista Goseki Kojimaque también dejaría su impronta en el Ronin de Frank Miller, tal y como ya destacamos en esta misma sección hace pocas semanas.

Michael O’Sullivan, además de héroe de la 1ª Guerra Mundial, católico devoto, padre de familia y esposo amantísimo de su sumisa esposa, es también el ángel de la muerte de los Looney, el más cruel y sanguinario de todos sus sicarios y el mejor en su oficio, sin lugar a dudas. Una noche, el pequeño Michael Jr. sigue los pasos de su padre solo para ser testigo de uno de sus horrendos crímenes cometidos junto a Connor Looney. A pesar de ser descubierto por este último el chico salva la vida, en apariencia, con la mera promesa de guardar silencio; pero los Looney no quieren dejar cabos sueltos que puedan involucrarles y deciden acabar con la familia O’Sullivan al completo. Connor consigue asesinar a Peter, el hermano de Michel Jr., y también a su madre. Es entonces cuando el ángel de la muerte emprende una desesperada huida hacia Perdition, un pequeño pueblucho perdido de Kansas en el que pueda dejar a su hijo a salvo con la única familia que le queda mientras orquesta a lo largo del camino su sangrienta venganza contra el clan que le ha traicionado.

La imposible búsqueda de redención en los confesionarios de iglesias católicas por los asesinatos cometidos discurre a la par que los sangrientos crímenes del protagonista en pos de aplacar su insaciable sed de venganza, conjugando todo ello una suerte de road movie en la que paradójicamente el pequeño Michael no deja de sentir profunda admiración por su padre, aun a pesar de las funestas y previsibles consecuencias de su alocada carrera abocada, nunca mejor dicho, a la perdición.

Tras el éxito sin precedentes de la adaptación cinematográfica estrenada en 2002, Max Allan Collins decidió explotar el filón con tres nuevas entregas de 300 páginas, la misma extensión que la original, un experimento absolutamente innecesario que la editorial tumbó con buen criterio dejándola en una única novela gráfica de “sólo” 400 páginas titulada Road to Perdition 2: On the road. La infeliz secuela cuenta con dos nuevos artistas gráficos, José Luis Gracía-López y Steve Lieber, cuyo trabajo, aunque meritorio, no se acerca ni de lejos al de Richard Piers Rayner. Tampoco ayudan en nada los nuevos textos absurdos y ramplones que pretender estirar la trama insertando con calzador nuevas situaciones en una historia que ya quedó definitivamente cerrada en la primera parte, pretendiendo además elevar a la categoría de superhéroe defensor de los desfavorecidos al otrora cruel y despiadado Michael Collins, imprimiéndole una edulcorada pátina de bonhomía impropia del sicario más temido de los felices años 20 y depresivos 30.

Tras la publicación de Road to Perdition por parte de la editorial Dolmen con la misma imagen del póster oficial de la película, como podréis comprobar por aquí mismo, fue Panini la que se animó a recopilar ambas entregas en un único volumen con la portada original del primero. Una buena oportunidad para poder leer y disfrutar de una grandísima novela gráfica y también, si os apetece, de rasgaros las vestiduras comparándola con su voluntariosa aunque no menos infame continuación. Obviaremos mentar siquiera otras secuelas posteriores, tanto en novela convencional al uso como gráfica, en las que se roza el límite de lo absurdo narrando las peripecias ya no solo del hijo, sino también incluso del nieto del Michael O’Sullivan original. Mejor quedarnos con el despiadado ángel de la muerte primigenio, aquel que ingenuamente buscaba la redención a sus pecados encendiendo velas por cada una de sus víctimas.

Lluís Ferrer Ferrer ®

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